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Desde luego, no estábamos solas en la empresa: nos sumamos al grupo
de expedicionarios en Foz de Iguazú, desde donde saldría la travesía,
que durante ocho días cruzó el norte del Paraguay y el sudoeste brasileño
hasta Corumbá, en la frontera con Bolivia. En el aeropuerto de Iguazú
fuimos recibidas una tarde de sábado por Buby Nolde, el organizador,
quien nos llevó hasta el Hotel Internacional de Foz, donde aguardaba
el resto del grupo. Los participantes, 13 en total, partiríamos al
día siguiente en alegre montón y a bordo de cuatro espléndidas camionetas
todo terreno hacia el primer punto del periplo: Bonito, en Brasil.
Salimos del hotel, luego de dejar las mullidas
camas king size y devorar un memorable desayuno, para cruzar la frontera
y llegar a la paraguayísima Ciudad del Este. Allí tomamos la ruta
hacia Asunción y recorrimos 220 km hasta Coronel Oviedo. Fue nuestra
primera parada, el tiempo necesario apenas para estirar las piernas
y tomar un café apurado. Nuestro objetivo era Brasil y, por lo tanto,
hacia el norte seguimos. Paulatinamente el paisaje se hizo sabana,
ni un árbol a la vista. Lo único que quebraba el llano, ahí nomás,
a un lado del camino, eran las sierras de Amambay, formación rocosa
de casi 500 metros de altura donde se mezclan, grises y rojizos, minerales
de hierro y cobre.
Un grupo de tacurús -hormigueros elevados como perfectas montañas
en miniatura- que nos llamó la atención, fue una especie de nueva
frontera: de allí en adelante, los signos del paisaje corresponderían
más a la esfera de lo animal que a la de lo humano.
Seguíamos aún en territorio paraguayo pero el
almuerzo que nos detuvimos a comer ya bien entrada la tarde fue clásicamente
brasileño. Milanesas de pollo finüüütas, acompañadas por un trío infaltable:
papas fritas, arroz y mandioca.
Al reanudar la marcha dejamos el asfalto. En poco menos de una hora
las cuatro todo terreno devoraron unos 80 km de buen ripio, hasta
cruzar el río Apa y el límite con Brasil. Estábamos ahora en la ruta
que va de Bella Vista a Jardim, ya en el estado de Mato Grosso do
Sul. La luz del atardecer desparramaba generosamente tonos dorados
entre las palmeras, a ambos lados del impecable asfalto. Las primeras
tranqueras de las fazendas o estancias y los carteles de propiedad
privada se alternaban con los ranchos del movimiento de los Sin Tierra.
Unos dos millones de personas viven en los 350 mil kilómetros cuadrados
del estado de Mato Grosso do Sul, dedicadas en su mayoría a la agricultura
y la ganadería, especialmente a la cría del cebú, raza Nelore.
Bien Bonito
"Con sua chegada Bonito ficou lindo", dice con
gratitud tal vez exagerada el cartel de bienvenida de esta pequeña
ciudad de apenas medio siglo de vida y menos de 20 mil habitantes,
ubicada a 290 km de Campo Grande, la capital del estado. El pueblo
debe su nombre no a la belleza -que la tiene- sino a Rincón Bonito,
la antigua fazenda que existía en las tierras donde hoy se levanta.
Bonito recibe cada año más turistas. Hay buenas razones: un paisaje
único dentro de uno de los más ricos y bellos ecosistemas de agua
dulce del mundo. Advertidas de ese raro privilegio, las autoridades
municipales establecieron estrictas ordenanzas de protección medioambiental.
Por ejemplo, está permitido hacer excursiones únicamente con la compañía
de alguno de los 60 guías acreditados y en pequeños grupos para no
impactar el entorno. Otra muestra del esfuerzo de conciencia ambiental
son los niños guardianes forestales, vestidos con uniformes camuflados,
que además de la educación tradicional reciben instrucción sobre medio
ambiente entre los diez y los 16 años.
El buceo o mergulho es uno de los principales
atractivos turísticos de Bonito: el origen calcáreo de la zona ha
convertido su suelo en una especie de gran queso gruyere por la erosión
del agua. Por todos lados hay pozos, cuevas y grutas sumergidas, además
de pintorescas cachoeiras o cascadas. Fue un placer mergulhar en el
Río da Prata, una pequeña corriente fluvial, a unos 50 km del pueblo,
cuyas aguas curiosamente terminan en nuestro homónimo -traducción
mediante- "río color de león", ya que desembocan en el Miranda, que
desagua en el Paraguay, confluente del Paraná. Nos dividimos en grupos
y respetamos la rigurosa media hora reglamentaria entre grupo y grupo
para poder sumergirnos.
Nuestra guía, Catia Arantes, nos condujo por
senderos dentro del bosque en galería. La naturaleza se nos venía
encima. Vimos especies como la Figueira o Mata Pai, una especie arbórea
que crece abrazada a jacarandás y otros árboles. Nos reímos con las
piruetas de los monos capuchinos, que bajaban de las ramas para comer
el maíz de la mano de Catia. Nos sorprendimos con los colores de tucanes
y decenas de pájaros. En un remanso del río nos zambullimos al agua
cristalina atestada de dorados y pacúes amarillos, azules y plateados
que nadaban sin sobresalto con nosotros. Su pesca está prohibida y
se mueven en grandes cardúmenes. Regresamos al punto de partida de
la caminata por el agua, entre fondos arenosos y alfombras verdes
de plantas acuáticas. Una maravilla.
Al día siguiente visitamos -también con el guía de rigor- la Gruta
del Lago Azul, una extraña formación rocosa de 100 metros de profundidad,
con el techo y el suelo cubiertos por estalactitas y estalagmitas
formadas a lo largo de siglos por la precipitación y sedimentación
de carbonatos. A sus pies, el Lago Azul debe su increíble color al
efecto de la luz que penetra por una boca de 56 metros de altura,
la entrada a la gruta. A pesar de las expediciones de científicos
franceses y brasileños que estudiaron el lugar en 1992 aún es un misterio
de dónde brota el lago subterráneo y hasta dónde llega el fondo.
Vivir en Fazendas
Esa misma tarde conocimos la fazenda Ceita-Coré -tierra de nuestros
hijos-, propiedad de José Carvalho, oriundo de Minas Gerais. La casa,
una típica construcción colonial en la que abunda la madera, se levanta
frente a un lago que le aporta no sólo placidez y belleza: sirve también
para alimentar una pequeña pileta y nutrir la cocina por un pequeño
canal de corriente continua.
Pero el orgullo de los Carvalho es el paraíso
escondido de su fazenda. Una decena de pasarelas conduce por un bosque
cerrado y atraviesa encantadores saltos formados por las aguas del
río Chapeninha. Las palmeras bacurú -con cuyas hojas se construyen
los techos- forman un arco que transforma al sendero en un túnel verde.
Un lugar lleno de magia.
En la región avanza una tendencia que hace años se consolidó en la
Argentina: combinar la explotación agropecuaria con el turismo. "Los
fazenderos empiezan a abrirse a esta nueva opción. En nuestra fazenda
ya conseguimos el 30 % de beneficios mediante el turismo", nos contó
Rufino Kuhnen, un paulista hacendado dueño de Jatobá: la segunda hacienda
donde nos hospedamos.
Nos levantamos temprano y tomamos el asfalto hacia Miranda. En una
hora y media recorrimos los 150 km que nos separaban de Xaraes, la
fazenda del Pantano.
Como corresponde, nos dio la bienvenida el símbolo
por excelencia del Pantanal: un enorme Tuiuiui, cigüeña blanca de
cabeza negra y elegante cuello rojo. Este gigantesco humedal convertido
en Parque Nacional en 1971, se extiende sobre una llanura cruzada
por innumerables cursos de agua de la cuenca del río Paraguay y está
expuesta a las inundaciones durante gran parte del año. Su destino
en el universo parece estar ligado eternamente al agua: millones de
años atrás estaba ocupado por el mar de Xarás.
En la época de lluvias, es decir, entre octubre y marzo, el Pantanal
se inunda parcialmente con el desborde del Paraguay y sus afluentes,
pasando de ser una sabana a un enorme pantano. La clave del fenómeno
es la levísima inclinación por la que discurre el río Paraguay: de
este a oeste, la llanura apenas baja cinco centímetros por kilómetro
de recorrido, y sólo dos centímetros de norte a sur. Las aguas lentas
del Paraguay y sus afluentes abandonan entonces su cauce, registrándose
la mayor creciente en febrero y marzo. Los turistas llegan en julio
o agosto, antes de las lluvias y de las altas temperaturas, que en
verano llegan a un promedio de 45 grados.
Regla de oro de la naturaleza: donde hay mucha
agua, hay mucha vida. Y el Pantanal no es la excepción. Su territorio
es un ejemplo de biodiversidad: alrededor de 1.500 especies vegetales
y animales. Las especies de aves son 650. Y 230 las de peces. Entre
muchísimos otros, comparten el increíblemente vasto espacio del Pantanal
los yacarés, osos hormigueros, macacos, carpinchos, tapires, yaguaretés
y anacondas tan espectaculares como temibles.
Los ojos no alcanzan para registrar la febril actividad natural que
se desarrolla en cada metro cuadrado del lugar. Tuve esa sensación
la tarde que recorrimos 70 km en las todo terreno. Mientras cruzábamos
ríos y dejábamos atrás lagunas y pantanos, no sabía si mirar los innumerables
yacarés, las zancudas, las bandadas de ararás azules y rojas que sobrevolaban
nuestros vehículos o la cantidad de bichos de los que -oh, ignorancia
ciudadana- desconocía hasta el nombre.
Conocimos apenas una mínima parte del inmenso Pantanal: la zona llamada
Necolandia, una de las que menos se inunda porque está alejada del
Paraguay. Roberto Anidare tiene 33 años y trabaja aquí desde hace
nueve, cuando se construyó la Posada Xaras. Disfrutó sorprendiéndonos
con historias, secretos y leyendas, como cuando sacó una foto de una
sucurí o anaconda, "con un niño dentro de su estómago". Verdadero
o falso el dramático detalle, la imagen resultó impresionante. Logró
tranquilizarme la paz de un tucán que dormía en una silla, como el
más doméstico de los pichichos.
En el camino de vuelta, mientras cruzábamos el
río Negro, Buby repetía: "¡Hay yacarés como para hacer dulce!". Un
sinnúmero de camalotes, cormoranes en las copas de los amabay y los
lapachos florecidos nos acompañó durante los 70 km de arena que recorrimos
para llegar a Corumbá, nuestra última parada, a minutos de la frontera
con Bolivia: con 70 mil habitantes, es una de las puertas de entrada
al Pantanal.
Casi sin damos cuenta habían transcurrido una semana y tres mil kilómetros
recorridos cuando regresamos a Iguazú. Desde allí, un avión nos devolvió
en minutos de ese viaje mágico a esta otra "selva", más familiar pero
no menos llena de misterio.
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